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jueves, 3 de marzo de 2011

UN PARAGUAS ABIERTO EN LA BAÑERA




   Un paraguas abierto en la bañera llena de luto el agua, abre de comitivas fúnebres el alcantarillado de la ciudad, y llega hasta los ríos, que van a dar en la mar, con flujo de responsos, con el eco de un réquiem, con el golpe fluvial en gabardina negra que una paletada de tierra pone sobre los ataúdes todos, y allí van los señoríos, derechos a se acabar e consumir, por el descuido de haber dejado abiertas las varillas del duelo sobre la loza blanca, por el imperdonable albur de alzar una cúpula negra en nuestro baño, toda la arquitectura de la desgracia y de la mala suerte, como una jaima en el desierto doméstico de nuestra intimidad, la tienda que la suerte nómada ha levantado en el camino, en el oasis cotidiano de nuestros grifos y nuestros desagües, multiplicado en los infaustos espejismos de nuestros espejos, de repente también la tinta en el cristal, corriendo en el azogue por su página virgen, la sombrilla nocturna para la luna llena, que es el sol de los muertos, y hace que todo el piso se nos levante en armas plañideras, en quejumbres de deudos invisibles, mientras sigue el paraguas difundiendo por el aire su inexistente aroma a flores mustias, y que llena la casa de coronas, los tuyos no te olvidan, y gafas de sol ante los ojos tristes, y albañiles que tapian con su cemento fresco las lápidas finales, y las viudas amargas se abisman en silencio hacia los pozos de la memoria fría, sin ningún maquillaje, con la mano en el hombro de un familiar cansado, y el sacerdote reza, y asperja con el agua bendita el baño cementerio, este baño necrópolis por obra del azar, mi vieja catacumba de repente, repleta de primeros cristianos que conspiran contra el poder de Roma, aquella que no paga traidores, ahora que caen las gotas de toda la tormenta por la tela, que dibujan su trazo de humedad, su rúbrica sin rumbo sobre este parasol para las aguas, sobre este hongo inopinado que me ha llenado el piso de un regusto a capas pluviales, a guardias civiles empapados, jorobados y nocturnos, con su romance a cuestas, con su fusil al hombro, toda la casa alborotada de gitanos llorosos por el prendimiento de Antoñito el Camborio, morenos de verde luna, voz de clavel varonil, ay mi baño y mi Granada, mi fruta abierta para el desconsuelo, compadre vengo sangrando desde los montes de Coria, por la fea casualidad de que se hayan dejado abierto un paraguas en el borde de la bañera, y que su espíritu brujeril haya convocado al akelarre, haya llamado a la reunión de las viejas comiendo sopas, las bernardasalba de las sombras particulares, las yermas privadas que dormitan al acecho entre el champú y el gel, Sicilia lúgubre con su pañuelo al cuello y sus deudas de sangre, Andalucía la Baja con su toro esquemático corriendo en el ruedo de mi bañera huérfana, mi sola Maestranza, mi ensabanada con su bestia de azabaches broncos, negro zaíno por mi albero blanco de porcelana herida, a las cinco de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, como una saeta bruna en la hora exacta, la hora definitiva, la hora del calvario, ah mi árbol caído con su copa de sombra.
   Todo por un paraguas dejado en la bañera. No quiero ni pensar qué me habría ocurrido, qué se me habría ocurrido, si alguien llega a dejar olvidadas unas tijeras abiertas sobre el cubre de la cama, ese anticipo del crimen, esa equis de truculencia suma, esas aspas locas en el molino de la degollación, esa prueba capital para la culpabilidad de los sastres que han sido.

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