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miércoles, 9 de marzo de 2011

BESTIARIO MUEBLE: TENEDORES Y PALILLOS




   Con la agudeza habitual con la que suele escribir, Roland Barthes opone en El Imperio de los signos el sistema de comer japonés – permitámosle y permitámonos las exageraciones- al sistema occidental. El japonés, en el que impera el gesto, el signo despojado de todo sentido que no sea la misma ejecución estética del propio signo ejecutado, es acariciante: la comida, mediante los palillos, se pellizca, se traslada, se pinza, se desplaza. El occidental, regido por la simbolización, por la duplicidad de los significados, por el utilitarismo, es triturador: la comida se trocea, se corta, se despedaza, se trincha, se parte, gracias a los instrumentos de cirugía culinaria del cuchillo y el tenedor.
   En verdad, ni la cocina japonesa –tan ritual, tan ceremoniosa- es lo delicada con los alimentos que algunos consideran, ni la occidental –tan ceremoniosa, tan ritual también, pero a su modo- resulta tan irreverente con lo que nos llevamos a la boca. Tengamos en cuenta que todo lo japonés, para llegarnos en su adorno, ha tenido que ser previamente escogido, limpiado, cortado, e incluso hervido, amasado, machacado. No sé que entraña más respeto para con lo que comemos, si el hecho de hervir, asar o marinar un salmón para después zampárselo, o si cortarlo crudo para hacer lo mismo a continuación. Lo cierto es que somos animales obligados  a un cierto grado de crueldad, de refinado salvajismo para con las criaturas que nos rodean.
   El caso es que las herramientas con las que nos ayudamos en la mesa unos y otros tampoco son tan rolandbartheanamente inocentes o culpables. Los palillos, qué duda cabe, se muestran sutiles, danzarines, abanicadores, pero no menos que el tenedor, con su esgrima de mosquetero espadachín, con su talante índice señalador, con su afabilidad recolectora.
   Quiero romper una lanza, una pequeña lanza semejante a un tenedor doméstico, a mayor gloria del tenedor nuestro de cada día. Los palillos pertenecen a un universo estetizante que sacrifica la eficacia en favor de cierta levedad, de cierta condición musical de la ceremonia de ingerir alimentos, porque tienen algo de batuta, de arco de violín. Pero llega un momento en que se convierten en toscos y ordinarios: no hay nada más alejado de la delicadeza y la elegancia que un comensal sorbiendo la sopa con palillos o acarreándose paletadas de arroz hacia la boca.
   Es cierto que el tenedor agujerea y pincha, pero lo hace con cientifismo, con racionalidad cartesiana. Este cubierto, aunque no se extendiera su uso hasta el XIX (la Iglesia predicaba que era pecaminoso desbancar al instrumento natural de los dedos, concedido por la divinidad), es un hijo predilecto de la razón. Se encarga de aquello de lo que debe encargarse, y deja lo restante para sus congéneres: el cuchillo y la cuchara. Hace lo que sabe hacer y no se inmiscuye en la tarea de otros utensilios. El tenedor no cucharea ni cuchillea: el tenedor tenedorea, que es para lo que ha nacido.
   Con él entre las manos, se nos concede por vía simbólica una brizna de majestad, de señorío de las profundidades, porque quien lo empuña se emparenta con Poseidón, el rey del mar, el amo de las olas. Un tenedor es un tridente, aunque los blasfemos diseñadores contemporáneos lo hayan convertido a menudo en un bidente.
   Como debemos curarnos de cualquier exceso con su contrario, y viceversa, y como hay que orientalizarse en la medida de lo posible, propongo un alianza de civilizaciones que encontraría su casa común entre el palillo y el tenedor, entre la madera y el acero inoxidable, en el cubierto occidental más japonés que pueda concebirse:  nuestro viejo y sincrético tenedor de palo.

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