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martes, 18 de enero de 2011

TETAS



   Las tetas son las flores de temporada que crecen bajo el sol del verano, bendecidas por la luz salvaje, regadas por el agua del mar y oreadas por los vientos bonancibles que bajan de las sierras, con sus sílices, y sus ónices, y sus briznas de aromas de romero y salvia nueva, con sus efluvios de eucalipto disueltos en el aire, hasta volverse un bálsamo que unge de dulzor la piel desnuda. Las tetas se cocinan en el horno del mundo, como los bollos santos de un tiempo más propicio, como los roscos venerables que unas monjas de caridad infinita cuecen en su clausura, bajo la cúpula del cielo, hecha con viejo ladrillo árabe para mejor dorar las tetas del estío. Cunden sobre la arena, donde rompen las olas, donde la espuma bate el nácar de su clara, abundan en tropel de promontorios, dispuestas a su suerte, para guiar lo barcos marineros en su regreso a casa, para impedir que las ballenas imprudentes embarranquen con el reflujo cruel de la marea.
     Las tetas del verano viven solas, al margen de sus dueñas, como repúblicas secesionistas de los cuerpos, después de haber ganado los mil años de guerra que vinieron tras las primeras vacaciones. Hoy se ha constituido cada par en su ciudad abierta, en su bipartidista estado de equidad ejemplar, donde los caminantes se acogen al derecho de asilo, y todos los desdichados peregrinos encuentran su pedazo de pan, su vaso de agua fresca y su pellizco de sal pura. Las almenadas tetas sienten piedad de los viajeros locos, de los adelantados, de los famélicos aventureros de la tierra, y les franquean las puertas del castillo, para que acampen a la sombra de su torre bifronte. Y al abrigo carnal de su bondad redonda, en las noches de luna, es en donde los juglares recitan cantos de caravana, y los ciegos repiten grandes poemas épicos, en cuyos versos, más tarde o más temprano, aparece un litigio al amor de una tetas: tetas de sultana mora que pretende un infiel dramaturgo, tetas de reina que ensanchan un imperio, tetas de niña sedienta que vio Rodrígo Díaz, el buen Campeador, cuando por Burgos entrove.
   Las tetas maceran en sus odres piadosos nuestra leche nutricia, el destilado mágico que devuelve a la infancia, la pócima materna, y no hay huérfano que pueda sentirse solo ni desdichado cuando bebe su suero, cuando prueba su cuajadura sacra. En las ubres casuales del mar Mediterráneo, se destila el licor del deseo, gota a gota, el orujo que resulta después de haber hervido la sangre que nos hierve, la sangre en donde hervimos.
   Yo me voy por la playa, armado con mi red de lepidopterólogo, para cazar las tetas en su vuelo, que es cuando son más tetas, antes de que llegue la noche y se me pongan púdicas, se me pongan jurídicas detrás de sus escotes, refractarias al civilizado tesón del cazador. Me voy por la playa, bizco de tantas tetas sueltas, ciego de tantas tetas tórridas. Y me he traído para mi colección tetas de gran matrona, enormes tetas amamantadoras de prole familiar. Y blanquísimas tetas calvinistas venidas desde el centro de Europa. Y marmóreas tetas columnarias que sostienen la jácena del día. Y tetas principiantes que debutan en el salón ardiente. Y tetas que aún no son. Y tetas que ya han sido. Y resurrectas tetas de sí mismas tras el milagro de Santa Silicona. Tímidas tetas sumergidas en el azul rival. Tetas plenipotenciarias de láctica magnate. Tetas ciclistas del paseo marítimo, tetas tenistas en el passing shot, tetas windsurfistas a lomos de su vela. Tetas en bamboleo, tetas en sandungueo, tetas en devaneo. Lectoras tetas policiacas del libro de bolsillo. Cantatrices tetas de la canción de moda.
   No caben más trofeos en mi pinacoteta.

1 comentario:

  1. Una visión artistica, llena de estilo y muy culta en la que el lenguaje llega a ser magico.

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