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martes, 11 de enero de 2011

JAZMÍN NOCTURNO




   Va en el aire el aroma, que nos trae y nos lleva, desde esta noche de sofocante julio, hacia otros julios sofocantes, hacia todos los veranos que han sido, hacia todos los que regresarán, en el mismo aire distinto en donde va el aroma. Huele a jazmín la noche, el perfume enervante, la vaharada de atroz delicadeza.
   El olor del jazmín tiene algo repentino, algo de sigiloso ladrón que aguarda tras la esquina del mundo, tras la esquina de volver la esquina cuando a casa se vuelve, algo de súbito raptor del sentimiento, de súbito promovedor de los desórdenes. Hemos vuelto la esquina, con los pasos impunes con que anduvimos durante la mayor parte de la jornada, y, de repente, en su ámbito secreto, en su cárcel etérea, topamos con el olor del jazmín blanco, que nos captura, que nos condena, que nos aherroja con sus fierros sin saña, con su saña sin duelo, con su duelo sin sangre. Hemos vuelto la esquina con la impunidad sin agradecimiento con que vivimos, nosotros, los desmemoriados del milagro del mundo, los ingratos del obsequio pasmoso de estar siendo, y de improviso se nos ha venido encima la exquisita marea del jazmín, y todo lo ha anegado, los viñedos de infancia, los trigales sedientos de la juventud, estos campos de ahora y del mañana incógnito.
   Está el suelo nevado de diminutas flores, de pequeñas ofrendas azarosas que el suelo no agradece, porque ni sabe, ni piensa, ni puede conmoverse hasta las lágrimas con este sacrificio sin destino, con esta inmolación de minucias fragantes. Las flores del jazmín tapizan esta acera, como obleas felices de no encontrar sus fieles más que de vez en cuando. Caen de su trepadora con el convencimiento de los ángeles niños, con el peso sin cuerpo con que cae lo inocente, es decir, con que cae lo que es bello, y es bueno, y es verdad, y no tiene sentido.
   Me he quedado en mi esquina, la esquina de mi casa, me he parado un instante y he detenido el tiempo, he echado el ancla en la nave del mundo, con mudez y firmeza: Deténte, mundo, detén tu paso airado, párate de una vez, arrodíllate aquí, en el templo del aire, y reza por olfato, y ruega por placer, e implora por misterio; inspira, mundo, aquí, esta perfecta creación casual y da gracias por ello. Arrodíllate aquí, en el altar de nada, y asiste, mundo, a esta humilde llovizna del jazmín en verano.
   Me he quedado en la esquina, a dos pasos de casa, cerca y lejos de mí, pero en mi domicilio más auténtico, y en jazmín me he marchado a las palabras, que caían del cielo junto a las flores víctimas, junto a los pobres pájaros del jazminero aquél. Y allí, viendo cómo se desprendían las palabras desde la enredadera de la voz, viendo cómo caían de marchito esplendor significante, las he cogido al vuelo, las he puesto en la palma de mi mano, en el improvisado búcaro de carne satisfecha que llevaba conmigo, y les he dado el agua que ahora veis.
   En mi esquina florida, en mi desentendida encrucijada, jazminero me he visto, y todo yo - por liviandad de qué -, he resultado fácil, y claro, y más limpio que nunca. Allí estábamos todos, para oler el jazmín, para verlo llover, para cantar que pudimos olerlo, y que supimos ver su lluvia grácil. Allí me estaba yo, quieto y en pos de mí, en marcha y sin mi huella, con este jazmín blanco entre los dientes, mordiendo con amor su delicado tallo, sorbiendo con pasión su dulzor núbil, su levedad nupcial, todo el sabor del mundo en esta noche.

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